T A K I U T N ' S E

Narración-Cuento (95% - 5%) Autor : Fernando Quezada Espinoza

... El jefe es muy extrovertido y se entusiasma hablándome. Es Pastor, jefe de la comunidad indígena. De tez morena, como todos los de su etnia, de baja estatura, pelo muy negro, de piel muy apretada, algo gordo, de bigotes muy ralos. Viste una franela y un pequeño guayuco de algodón.

- "Nosotros no queremos que nuestra gente se vaya de este lugar, ni tampoco que se pierdan nuestras costumbres".

Y lo dice en tono enérgico, lo cual me hace no dudar de sus palabras.

... Otra vez vuelvo a escuchar el melodioso canto y que suena a mis espaldas.

El elocuente indígena cesa momentáneamente de hablarme y mientras se dirige a su mujer en una lengua que desconozco, giro mi cabeza buscando el origen de aquel mágico canto.

Se produce un silencio.

Observo, tan rápido como me lo permite el breve intermedio de Pastor.

Es una joven. Y no podía ser de otra forma, por lo suave de la voz.

Pastor retoma la conversación. Y vuelve la envolvente melodía, acompañada de aquella risa infantil y juguetona.

De reojo observo una tierna escena.

Un robusto y cobrizo niño desnudo, sostenido por los brazos de la joven. Ella, vestida con una túnica que llega a sus pies, de un color blanco amarillento. Ese color que toman las prendas de algodón, con el tiempo, el sol y el polvo.

Se interrumpe el canto y ambos no cesan de reír y jugar, mientras se balancean en el chinchorro, esa hamaca rústica de fibra vegetal común en este lugar de la selva.

Nuevamente la canción se repite. No logro retener la letra. Es que es difícil; únicamente asimilo la melodía.

Le miro a ratos, y entonces ella canta muy bajo, casi un susurro. Dejo de mirarla y retoma su canto en voz alta, y así varias veces.

Son esas las oportunidades que tengo para esta comunicación tan especial. Nos miramos, nos sonreímos ligeramente. Como con cierto temor.

Se siente en el aire la influencia de este hombre. Machista esta América, más aún en estos pueblos originarios.

No me atrevo a sonreír manifiestamente. No se como le parecerá a Pastor, ni como puede reaccionar.

Pero el deseo de hablar de esta forma continúa y se transforma en un inocente juego.

El tono de su canto, el movimiento que le imprime al cuerpo del pequeñito, me llevan a concluir que debe ser una canción de cuna.

Mientras tanto, la mujer en un silencio que incomoda, no cesa de revolver el montón de harina de yuca que se encuentra sobre el enorme latón de fierro oxidado, sostenido por unos palos por sobre la ardiente hoguera, la cual irradia un calor que aunque estoy relativamente lejos, me acalora al extremo de hacer aún más extenuante el tropical ambiente de la selva. Unos 40 grados de temperatura y una humedad a la cual no me acostumbro aún, provoca que mi delgada ropa se pegue a mi piel debido al sudor.

Más, no puedo cambiar de lugar ya que Pastor se encuentra ahí, junto a su mujer, ayudándole en otras tareas, a la vez que me conversa. Aunque el está acostumbrado, igual le corre un hilillo de sudor por su frente morena.

La inocencia, la ternura, la juventud, la pureza brotan como un verdadero manantial de la joven.

- "He hecho cursos de carpintería de muebles", me dice Pastor.

- "Le mostraré después mi diploma. Lo tengo adentro" y me señala su churuata.

Pastor ha trabajado bastante con los criollos, se entiende muy bien con ellos, lo entienden a él también. Pero no cambia sus ideas indigenístas. Cree en su gente, tiene esperanzas en ellos, lucha y trabaja por ellos. Es su gente, su pueblo, el que quiere mantener a toda costa. Sabe que si descuida su atención hacia su pueblo, éste se aculturizará totalmente, se perderán sus costumbres, sus tradiciones, sus modos de vida, y finalmente se exterminarán absorbidos por la siempre amenanzante cultura de la cual yo provengo.

- "Me interesa aprender de los criollos y con eso ayudar a mi gente", me dice don Pastor.

Y continúa :

- "Si los dejo libres, se desbocarán como los búfalos cuando no los guiamos en la sabana".

Un rato después, la mujer de Pastor se ha mostrado más amistosa y me ofrece un delicioso y esperado líquido , un brebaje alcohólico preparado a partir de la yuca, el tubérculo de casi numerosos usos en la cultura indígena tropical.

Una ligera frescura recorre mi garganta hasta llegar a mi ansioso estómago y saciar mi sed.

Pastor entra a su churuata momentáneamente, instante que aprovecho para acercarme a la joven y hablarle.

- "Hola" , le digo.

No me mira.

Insisto.

- "Que manera de hacer calor aquí".

Se aleja un tanto de mi, sin responderme.

Su cabellera de un color negro intenso, le cubre su tersa tez morena y no me deja verle sus ojos.

De reojo me observa, tal vez tímidamente o quizás algo incómoda con mi acercamiento.

Continúo

- "Me llamo Fernando, y tú...? Cómo te llamas ?"

Fue como si algo la impulsara a retirarse y se interna en la churuata dejándome con la esperanza de una respuesta que se diluye en el atardecer que se hace presente.

Que lástima, me hubiera gustado conversar con ella.

Me retiro de la aldea y busco alojamiento en casa cercana.

Muchas interrogantes pasan por mi mente aquella noche. Me desvelo. Mi chinchorro parece colaborar, ya que aún no me acostumbro a dormir en él.

El mosquitero hace su parte también, impregnando mi cuerpo en un penetrante y desagradable olor a humedad, el cual debo inevitablemente soportar para así protegerme de los numerosos mosquitos que atacan sin compasión cualquiera porción de mi cuerpo que quede accesible a ellos.

Amanece, y aunque aún no sale el sol, ya siento el calor tropical que aumenta paulatinamente.

Con algo de dificultad, por mi inexperiencia, me bajo del chinchorro y me dirijo en dirección del río, siguiendo la huella entre los matorrales, con la intención de refrescarme.

Me detengo.

Siento ruido cerca del río, son pisadas que se acercan.

El camino se angosta, las pisadas son livianas.

Ahora crujen más fuertes las hojas del sendero. Una silueta se acerca unos cuantos metros más adelante. La luz es poca y no puedo distinguir más.

Pasan unos segundos y ya puedo distinguir a una mujer con una tinaja sobre la cabeza.

A algunos pasos de distancia, la mujer también se detiene, en un intento mutuo de hacer un reconocimiento. Una túnica que ya conocía, sólo que ahora húmeda, cubre a la joven: Sus pies descalzos.

- ¡ Es la joven que ayer cantaba !.

Antes que me reponga de este inesperado encuentro, me dice algo en su dialecto.

- ¿ Qué dices ? , es lo único que atino a decirle.

Me repite o me dice otra cosa. No lo se. Sólo se que otra vez no entiendo.

- " No comprendo lo que me dices...",

le digo angustiadamente

Ella sonríe y deja la tinaja en el piso.

- Sabes español?

Y ahí estoy nuevamente totalmente desorientado ante sus palabras que suenan dulces, amistosas, deseosas de decir no se que cosas.

¿ Qué decirle ?

¿ Qué hacer ?

¿ Cómo mover mi manos ? ¿ Qué gesto debo hacer ?

- ¡ Pero.. es que no se lo que me dice y tampoco me entiende !

Son dos breves minutos que terminan abruptamente, cuando se escuchan otras pisadas mas atrás.

La hermosa joven toma la tinaja, la lleva rápidamente a su cabeza

- Takiutn'se...

Takiutn'se es lo único que alcanzo a entender, y se aleja de mi velozmente.

Pasa junto a mi su madre.

- "Pastor viene más atrás" me dice ella y sigue su camino.

No alcanzo a reponerme de todo esto y pasa ahora Pastor y me saluda.

Yo sólo atino a responderle y me doy vuelta para mirar como se alejan los tres, tal como fueron llegando.

Desconcierto, impotencia, rabia, pena.

Como no haber comprendido lo que me dijo la joven. Como no haber tenido la ayuda de alguien que me tradujera. Como haber tenido esta experiencia tan tempranamente, cuando no sabía palabra alguna en su lengua.

Un caluroso día otra vez, como un castigo para los habitantes de esta amazónica región. Para mi además, como si fuera poco, un eco retumbando en mi cabeza.

- Takiutn'se , takiutn'se...

Un adiós que no olvidaré.