La semana anterior dejamos a Manuel, el “Vuela Poco”, instalado en su posada de San Gabriel, atendiendo a pensionistas y amigos. También dimos cuenta de dos aspectos suyos que van a marcar esta historia: su carta para predecir el tiempo y la costumbre de plantar la bandera en la “loma de Lo Mena”.
Si uno se pasea por
estos contornos, aprende mucho de las tradiciones populares. A simple vista,
éstas pudieran parecer sin fundamento, pero igual funciona la sabiduría
ancestral. Se entronca en observaciones de muchas generaciones. Hay un
“barómetro” que utilizaba el “Vuelita” y también lo tiene
“Armandito” del Quillayal: es una botella pisquera con agua en su interior,
puesta en forma invertida en un árbol y herméticamente sellada.
El ojo citadino solo ve una botella con agua, pero el ojo experimentado
del Cajonino sabe leer en los vapores de la botella cómo va a evolucionar
el tiempo. Otra costumbre bien arraigada es la creencia que el tiempo y
nubes que se observan los doce primeros días del año sirven
para anticipar como será el tiempo de los doce meses. El experimentado
ojo del arriero sabe interpretar los signos de estas nubes de enero y presentir
en ellas lo que ocurrirá en los duros meses de invierno. La luna
y sus fases también forman parte de esta sabiduría. Pero
el “Vuelita” llevó estos conocimientos a otro nivel. Las observaciones
y su experiencia se volcaban en una gran carta. En ella este personaje
anotaba sus observaciones y dictaba cátedra sobre cómo
iba a estar el tiempo. Mucho me gustaría haber visto esta mapa de
los cielos cajoninos, para ver que símbolos utilizaba el “Vuelita”
para grabar sus observaciones. Una de las fotos que rescatamos tiene a
Manuel explicando a sus huéspedes los secretos de esta carta astral
del tiempo.
Figura 4: El "Vuelita" explicando los misterios de su carta astral del tiempo |
A estas alturas se nos entrecruza con la historia del “Vuela Poco” otra historia del Cajón. Supe por primera vez de ella a comienzos de los 80. Primero que unos arrieros se habían perdido en el cerro y murieron congelados. Después, a fines de los 80 conocí a la señora Luz, viuda de Raúl Contreras, uno de estos arrieros. Más tarde conocí a don Nicanor Cortés, primo de Raúl. Esta historia me siguió apareciendo en otras ocasiones. En algún momento asomaba una hebra, luego otra y así se fue formando una trama más completa. Cuando hace poco estaba juntando material para esta historia, al entrevistar a don Teo, le pregunté por lo de los arrieros. Allí me entero que don Teo era hermano de Casimiro Martínez, uno de los que fallecieron. Finalmente, al ir escaneando las fotos que pertenecían al “Vuelita”, en una de ellas apareció un grupo de arrieros frente a una animita enclavada en la Cordillera. Ampliando la foto aparecen los nombres de Casimiro, Tomás y Raúl. Otra hebra que se junta a las anteriores. Este círculo solo lo podré cerrar cuando suba al lugar donde dejaron sus vidas estos hombres. Los hilos de vida de estos tres arrieros que murieron en la Cordillera también se entrecruzan con los de Manuel Zúñiga Armijo, más conocido como “El Vuela Poco”.
Para los que conocen los cerros que llevan al Paso Maipo, sabemos que en esos lugares están algunos de los parajes más agrestes y hermosos de nuestro Cajón. Hay numerosos ríos, cajones, glaciares, vegas, lagunas y picachos de hermosura indescriptible. También es un lugar de excelentes empastadas, lo cual hace que en primavera y verano se lleven numerosos caballares y vacunos a las engordas de “las veranadas”. Después de pasar el Cruz de Piedra, el camino trepa abrupto los últimos mil metros para alcanzar los nacimientos del Maipo y el paso del mismo nombre.
En 1982 don Casimiro, Tomás y Raúl estaban trabajando en estas “veranadas”. Ya terminaba el mes de Abril y se les encargó hacer una “rebusca” de animales para bajarlos antes de que las nieves cubrieran totalmente esta zona de alta cordillera. Deben haber planificado esta salida en San Gabriel. El “Vuelita” les pidió que no subieran, pues su carta del tiempo lo desaconsejaba. Los símbolos que el “Vuelita” marcó en la carta, más su experiencia de la montaña, le indicaban que el buen tiempo que había solo era una trampa. Veía que en pocos días las nubes cargadas de nieve y hielo se adueñarían de la Cordillera.
Pero Casimiro, Raúl y Tomás eran arrieros experimentados. Conocían cada cajón y cada paso. Sabían donde existían buenas “caletas” en las cuales refugiase a esperar que el tiempo mejorara y donde estaban las “casas de piedra” que permitían guarecerse por tiempos mayores. Así que partieron al interior, vadearon el “Cruz de Piedra” y subieron hacia los nacimientos del Maipo. Aquí hay vegas y bofedales que recuerdan la belleza del altiplano nortino. Luego se internaron por el Cajón de la Yareta, cajón muy helado y desprotegido que escondía su perdición. En este lugar, a más de 3.500 metros de altura los atrapó la tormenta. Los imagino luchando contra la nieve, viento y frío. Su única esperanza era bajar y alcanzar la casa de piedra “Las Tórtolas” que está en el Maipo a solo un par de horas a caballo de donde ellos luchaban por sobrevivir. La nieve se iba haciendo cada vez más profunda, el viento helado cortaba la vista y nublaba los pensamientos. Pero los tres arrieros y sus bestias seguían juntos, pues sabían que el separarse era la muerta segura.
El frío y viento los fue venciendo. Se dieron cuenta de que no iban a alcanzar al valle del Maipo, su única esperanza era encontrar refugio en alguna roca hasta que la tormenta amainara. Una pequeña roca ofrecía algo de amparo, allí se acercaron con las bestias. Pero el hielo y viento era demasiado grande. Ni siquiera pudieron descargar el macho. Casimiro se arrimó a la roca y trató de cambiarse el calzado mojado y helado, no lo pudo hacer. Tampoco lograron destapar una botella de pisco para calentar el cuerpo. Hombres y bestias se agruparon buscando inútilmente darse calor y guarecerse del viento. El frío y la nieve los fueron cubriendo y estos hombres de cordillera dejaron su alma en las montañas que siempre habían amado.
Sus compañeros, que después los buscaron inútilmente en los pasos, caletas y cajones a ambos lados del límite, dieron con sus restos conservados por el frío de la altura solo en el siguiente deshielo.
Los hombres de estos
lados aman y respetan la cordillera. También recuerdan a los suyos.
Los compañeros de Casimiro, Raúl y Tomás subieron
al Cajón de la Yareta a dejar una animita en memoria de los amigos
que se quedaron en el cerro. Los rostros pensativos nos revelan una gran
historia. Uno de ellos, delgado, tiene la mirada especialmente triste.
Lamenta la pérdida de amigos de tantas aventuras. Lamenta que Casimiro,
Raúl y Tomás no le creyeran cuando leyó en su carta
del tiempo que la cordillera preparaba una trampa mortal a finales del
otoño de 1982.
Figura 5: "Animita" en homenaje a los arrieros caídos en el "Cajón de la Yareta" |
Parte 4: El Círculo se Cierra
Pasaron dieciocho años desde el trágico episodio del "Cajón de la Yareta". Estamos en noviembre de 2000 y nos enteramos que el “Vuelita”, murió arriba del cerro. Los fríos hechos son sencillos, pero lo que ocurrió antes y después mucho menos. Partamos por el final y luego retornemos al comienzo.
Lo que consignaron los periódicos es que el “Vuelita” partió en mula a plantar su bandera en la “loma de Lo Mena”, los vecinos de San Gabriel lo vieron saliendo del pueblo y luego detenerse un poco en el puente sobre el río. Después no lo volvieron a ver. Cuando no regresó al par de días, sus amigos se inquietaron y partieron a buscarlo. Arriba, en el cerro, encontraron primero la mula del “Vuelita” y poco después su cuerpo extendido en el cerro mirando al cielo. Los amigos lo bajaron y luego sus restos tuvieron que ir al Instituto Médico Legal, tal como estipula la ley.
A estas alturas de la historia, en que varias veces ha metido su cola el diablo, este vuelve a aparecer. El olor a azufre se esparció desde San Gabriel hasta La Obra. El coludo usó su herramienta favorita: las malas lenguas y rumores. Sabemos que el malulo a menudo se pasea en el Cajón del Maipo. Por un lado tiene hartas azufreras y volcanes donde guarecerse y por otro lado hay abundancia de lenguas a las cuales estimular con habladurías. Ya antes las raras cualidades del “Vuelita”: su facilidad de predecir el tiempo con la ayuda de su “carta astral”, más su costumbre de subir a la loma de “Lo Mena” a plantar la bandera hacían que más de alguna persona dijera que él tenía tratos con el diablo y hacía brujerías. Las circunstancias de su muerte solo dieron más cuerda a los mal hablados.
Se dice y dijeron que la carroza que traía los restos del “Vuelita” a la Iglesia de San José no podía pasar el puente del Colorado. Allí el diablo la detuvo. Se dice y dijeron que el cuerpo del “Vuelita” no estaba en el ataúd, pues el coludo se lo había llevado. Y lo que también se dice es que una autoridad del pueblo quería que la urna se abriese para verificar que era efectivamente el “Vuelita” que estaba dentro.
Me imagino al diablo volando rápido de un lugar a otro, planeando sobre los cerros y dejándose caer a las casas para susurrar a las orejas ávidas de copuchas y rumores. Se debe haber reído con la mucha confusión que logró sembrar en esos días.
Pero ahora el “Vuelita” descansa en el camposanto de San José, cerca de la tumba de su padre. Relatemos ahora los hechos que conducen a la última cabalgata de Manuel Zúñiga Armijo, el "Vuela Poco".
El “Vuelita” tenía
entorno a noventa años. Su cuerpo estaba cada vez más frágil,
pero con la mente lúcida y la mirada tan limpia y transparente como
siempre. Esto lo atestigua la última foto que tenemos de él.
Una hernia lo tenía muy molesto y fue necesario operarse. Pero a
solo quince días de la operación, sus cerros de siempre lo
llamaban y la ciudad lo agobiaba, así que partió a San Gabriel,
contra los deseos de sus sobrinos, quienes lo veían delicado y en
absoluto recuperado.
Figura 6:Última foto conocida del "Vuelita" |
El cuerpo puede estar frágil, pero el alma seguir tan fuerte como siempre. Sentía el deber de subir al cerro. ¿Presentiría Manuel que esta sería su última cabalgata? Es probable que sí. Los preparativos fueron especialmente cuidadosos. La ropa, los alimentos, la bandera y a montar su mula. La pasada a través del pueblo, conversando con los amigos. Más de alguno le dijo “Manuel, no subas, estás muy viejo”, pero él insistió. En el puente sobre el río Maipo se detuvo un tiempo para conversar con unas personas que tenían el auto en panne. Partió de San Gabriel poco después de la una de la tarde, la gente del auto lo vio perderse en los cerros del Ingenio a las cinco.
En verdad Manuel iba a una cita con el destino. Se cerraba un círculo que se inició cuando en la “loma de Lo Mena” murió el “Piojo”, caballo tordillo de su padre. De alguna forma allí nació una manda que llevaba a Manuel al cerro todos los años a plantar una bandera. Una marca en homenaje a los cerros que lo vieron nacer, crecer y transformarse en uno de los personajes íconos del Cajón del Maipo.
Me imagino al “Vuelita”, recién operado, subiendo fatigado a su cita en los cerros. Abajo el valle cada vez más lejos, arriba la meta aún muy lejos. ¿Cuales serían sus pensamientos en esa marcha hacia su destino? Sabemos que él tenía claro que quería morir en los cerros que lo vieron nacer. Desde siempre estuvo ligado a las formas, aromas y colores de la montaña. A medida que sube, la temperatura desciende, el pasto se torna más verde y aparecen las miríadas de flores de la cordillera. Desde lo alto una pareja de cóndores observa a este peregrino que han visto subir en muchas ocasiones. Manuel los mira embelesado, observando el vuelo de estas aves majestuosas. Desde chico las envidiaba y su apodo se lo ganó cuando trató de imitar su vuelo.
Sigue subiendo, pero el corazón generoso le comienza a fallar. ¿Le falla por la edad o es porque su corazón ya se comienza a elevar en el cielo para acompañar a los cóndores? Sabemos que en algún momento se baja o cae de la mula. El corazón y su alma ya casi no están en su cuerpo. Se acomoda cerca de una roca y con la mirada débil recorre el panorama de montañas, valles y ríos que lo vieron nacer y fueron su vida. Luego observa a los cóndores que están cerca de él y vuelan majestuosos. El alma del “Vuelita” escapa a su cuerpo y asciende para acompañar por el cielo a estos navegantes de los aires que ahora lo acompañarán para conocer cada rincón de las montañas que siempre amó.
El “Vuelita” está
casi sin vida. Su mirada, límpida como siempre, se apaga. Aún
tiene la sonrisa picaresca en los labios, pues en su última subida
hacia la “loma de Lo Mena”, con más de noventa años en el
cuerpo, ha logrado el sueño que acarició desde pequeño:
acompañar en su vuelo a los cóndores del Cajón del
Maipo.
Figura 7: En homenaje a Manuel Zúñiga Armijo, más conocido como el "Vuela Poco". |
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