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Que me aconseje el mar
lo que tengo que hacer:
si matar, si querer.
(Miguel Hernández)
Miguel Hernández y sus años.
A finales de los treinta, un funcionario de
la embajada de Chile en España_ la dolorosa España de la
época_ se hizo famoso por negarle asilo a Miguel Hernández.
Al menos esa es la versión que entregó Pablo Neruda, amigo
cercano del poeta español, activo defensor de este. Hoy recuerdan
a ese chileno nombrado por nuestro Premio Nobel libros emocionados frente
al destino de Hernández, del hombre muerto en una prisión
por la misma violencia que puso fin a Federico.
Eran los tiempos de la España terrible,
esa que inspiró entre gritos el España en el corazón
de Neruda, el España, aparta de mí este cáliz del
peruano César Vallejo e incluso Por quién doblan las campanas
de Hemingway. Pocas veces se ha visto tanto talento reunido en torno al
dolor, pocas veces un país y una batalla logró transformarse
tan rápido en símbolo y poema de muerte. Para julio de 1936,
cuando Madrid despertó a su papel de ciudad revolucionaria y revolucionada,
Miguel Hernández no tenía treinta años. Le tocaría
vivir no sólo la conocida violencia del período, sino también
el marcado derrumbe social inevitable en este escenario.
Convencido de sus ideales republicanos, comunistas,
y de la necesidad de un arte que le hablara al hombre del hombre y de su
sociedad, no descuidó ni antes ni durante la guerra su compromiso
político y sus poemas causaron efecto entre las milicias y quienes
las sostuvieron. Colaboró como pudo_ como poeta y voluntario_ no
sólo para derrotar a los nacionalistas, sino también para
organizar el caótico mundo de los republicanos. Según Michael
Alpert, “el ejército republicano era revolucionario en el sentido
de que se creó a partir del caos de una situación revolucionaria
y de que se vio obligado a improvisar. Pero faltaban las restantes características
de los ejércitos revolucionarios, la voluntad común, la disciplina
voluntaria” (332). La guerra dejó casi sin capacidad de acción
a buena parte de España muy pronto.
Apenas antes de este desplome, en 1934, todavía
en mitad del sueño agitado que fue la Segunda República,
comenzó Miguel Hernández su relación con Josefina
Manresa. Serían años de noviazgo epistolar, de declaraciones
dulces desde la ciudad clandestina llamada Madrid, donde el poeta anhelaba.
Josefina, en su casa, en su pueblo, esperando. “Me da mucha rabia que sufres
y lloras, pensando en que ahora, precisamente ahora, cuando tantas novias
y tantas madres se están quedando sin sus hijos y sin sus compañeros,
cuando debieras ser más fuerte que nunca, te dedicas a las lágrimas,
como si única y exclusivamente existiéramos tú y yo
en el mundo.” (carta a Josefina, 1936, ¿agosto?) (136)
Josefina fue su promesa. Poco, muy poco tiempo
tuvieron incluso para mirarse y poco espacio había para enamorados
en esa España, pero desde las palabras vieron cambiar el mundo y
la pareja. Al final, desde la cárcel y la enfermedad, le escribiría
Miguel “Total, que a estas horas, somos una pareja de tórtolos”.
A pocos días de su muerte y sin saberlo, esperaba que viniera un
sacerdote para casarse por fin ante Dios con ella.
A eso, a todo eso, a Josefina, a la cárcel
y la soledad, a la guerra y el amor, a eso le cantaría Miguel Hernández
en su madurez artística. Dejando de lado sus primeras ambiciones,
moldearía sentimientos y así se le recordaría, como
el poeta de lo sencillo, de lo reconocible. Le sacó brillo a la
pena, al amor más humano. Clamó por la libertad, por su mujer
y sus hijos, con las mismas palabras que usamos todos los días.
Supo multiplicar lo conocido, lo que vemos a diario y no nos llama la atención,
lo que tenemos pero ninguna guerra nos ha enseñado a apreciar. La
poesía no es cuestión de talento, habría dicho, es
cuestión de corazón.
A esta conclusión, en todo caso, no
llegó inmediatamente. Nació en Orihuelas, España,
en 1910. De familia campesina, criado él mismo en el campo, no recibió
mayor educación. Después de convencerse de su propia vocación
literaria, sin embargo, se dedicó a instruirse, impregnándose
de Góngora, de Darío, de Lorca. A la manera del primero construyó
su obra prima, Perito en Lunas, mostrando su dominio sobre estructuras
clásicas y cultas. Estos poemas muestran un gran interés
por la forma, plasmado con arte por lo demás, y un gusto por la
metáfora. En 1934, siendo ya novio de su morena y pálida
Josefina Manresa, se instala en Madrid por segunda vez. Conoce ahí
a Neruda, a Vicente Aleixandre y toman fuerza en él las ideas que
explicarían el resto_ el fin_ de su vida. Se desarrolla en él
un resistente convencimiento republicano, combinado sin embargo, curiosamente
para la época, por su fe en el catolicismo. La religión eso
sí no le impide simpatizar más y más con las ideas
comunistas. Su poesía manifiesta esta evolución y deja un
poco de lado el aspecto formal puro, se vuelve más lírica,
más social a veces, otras más íntima. El individuo
y el mundo entran dentro de su arte.
Ya en esos primeros años alborotados,
a principios de los treinta, la vida no era fácil. Madrid viviría
pronto sometida a la amenaza nacionalista y al más interno mal del
desorden y las purgas populares deseosas de apagar cualquier brote de ideas
conservadoras entre los muros de la ciudad. Poco después de su matrimonio
civil con Josefina (1937), se hizo voluntario. La batalla y la prisión
atrasarían la unión religiosa, pensó. Eran tiempos
difíciles para la iglesia de todas formas.
“¿Qué hice para que pusieran/ a mi vida tanta cárcel?”
escribió Miguel Hernández en el poema 96 de su Cancionero
y Romancero de Ausencias. No se trata de una figura literaria. Este hombre
de versos enamorados aprendió de la vida entre rejas y conoció
privaciones por terco y justo. “Entre sarna, piojos, chinches y toda clase
de animales, sin libertad, sin ti, Josefina, y sin ti, Manolillo de mi
alma” (carta a su mujer, citada por Romero, 9); entre “paisanos (a quienes)
les interesa mucho hacerme notar el mal corazón que tienen” (carta
a su mujer citada por Romero, 11); entre estos y otros males terminó
de curtirse el corazón de Miguel, sin perder por eso el recuerdo
de Josefina y su niño.
Ay, el rincón de tu vientre,
el callejón de tu carne,
el callejón sin salida
donde agonicé una tarde.
(poema 96)
Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.
(...)
Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.
(Nanas de la Cebolla)
El Cancionero y Romancero de Ausencias
es el libro de su silencio. Escrito entre muros por uno más de los
sin voz, por otro condenado, a veces a muerte, a veces a treinta años,
estos textos abruman porque son el camino hasta la muerte. De a poco se
apagó Miguel Hernández, comido por el hambre, la desesperanza
y la humedad de los barrotes. 28 de marzo era cuando terminó la
Guerra Civil que inclinó a España en sus años tristes;
28 de marzo fue también cuando murió Miguel, tres años
más tarde, en 1942. Agotado de enfermedades y fiebres, porque la
tuberculosis no se vive nunca bien y menos desde celdas nacionalistas.
Tuvo incluso últimas palabras dignas de recordar, cuentan. “Qué
desgraciada eres, Josefina”, habría dicho el poeta, dejando su último
pensamiento en su mujer. Habían pensado morir juntos y no se pudo.
Tenía el hombre treinta y un años.
Pero no terminemos todavía. Antes de
morirse tuvo algún tiempo para estar con Josefina. El primer hijo
no demoraría: nació el 19 de diciembre del mismo año
en que se casaron (1937). Justo diez meses más tarde, el niño
Manuel Ramón moriría arrebatado por una infección
al intestino. Su padre no tuvo ocasión de verlo vivo.
Desde que tú eres muerto no alientan las mañanas
al fuego arrebatas de tus ojos solares:
precipitado octubre contra nuestras ventanas,
diste paso al otoño y anocheció los mares.
Mujer arrinconada: mira que ya es de día.
(Ay, ojos sin poniente por siempre en la alborada.)
Pero en tu vientre, pero en tus ojos, mujer mía
la noche continúa cayendo desolada.
(59_ A mi hijo)
Manuel Miguel vendría a tratar de
consolar a la pareja poco después. Ambos hijos se esconden detrás
del “Manolillo” que llenó al padre de esperanza y pena.
Con su mujer mantuvo frecuente, abundante
y apasionada correspondencia. En esas cartas, se oyen a la vez los restos
de años convulsionados y la felicidad de un hogar que se forma.
Cambian con los años y con la relación entre ambos. “Novia
mía”, comienza la primera (con fecha primero de diciembre de 1934,
exhibe una escueta simplicidad que poco más tarde se transformaría
en sendos encabezados: “mi muy querida Josefina inolvidable y cada hora
más querida Josefina” (mayo 1936). Rápidamente adquirió
confianza el novio y de la cierta torpeza_ tal vez timidez_ de la primera
carta pasó a una prosa de pasión, exagerada, emocionante.
Ella es su mantra, se diría, al observar con cuanta felicidad escribe
una y otra vez su nombre. Sin embargo, este sentimiento que acompañará
al poeta hasta el final tiene mucho de doloroso, muchas veces lo percibe
él con un dejo negativo: “¿No sabes tú de una buena
médica que me cure este mal de amores que padezco? ¿Si tú
fueras médico, qué me recetarías?” (carta a Josefina,
2/6/1936). Es amor de distancia, amor que espera, que tiene poco lugar
en una España de rodillas. Pasaron primero los novios esperando
la oportunidad de casarse, después se hicieron a la idea de la ausencia
impuesta por la guerra y la cárcel.
En tiempos duros, no tenían más
riqueza que la fe. “Llegará, llegará muy pronto nuestra felicidad:
serás mía, seré tuyo y seremos los dos de los dos
para siempre. Te prometo gastarte la boca y los ojos y la frente y toda
tú a fuerza de besos y no te voy a dejar hueso sano a fuerza de
caricias.” (18/7/36) Todavía eran novios entonces y en Miguel la
esperanza lo podía todo. Ésta moriría, o siquiera
flaquearía, muy pocas veces, al menos frente a Josefina, en las
cartas para ella. Desde el encierro le escribiría años más
tarde a su mujer “Ya me tendrás de carne y hueso y no de memoria;
ya te tendré. Sigue mi consejo, nena, y vive para ti y para tu hijo,
que es tú y yo en una sola pieza. El tiempo mejor, como fatalmente
ha de venir alguna vez, se acerca fatalmente” (5/12/39). Entre medio de
su época y su matrimonio a la distancia, Miguel Hernández
se abre el paso con esperanza, la vista puesta en el futuro.
¿Habrá sentido sinceramente
esa tranquilidad esperanzada? ¿O simplemente la escribió
porque entendía que podía ayudar a Josefina sólo así,
prometiéndole mejores días? Tal vez el cariño inventó
para él esas palabras o quizá las hizo nacer realmente dentro
del poeta. “Por mi parte, todo lo bueno que me ha de pasar en este mundo
lo espero de ti, Josefina. Toda mi confianza la tengo en ti y en nuestro
hijo. Es por vosotros por quienes estoy dispuesto a hacer frente a todos
los contratiempos, y el ánimo más grande lo tengo pensando
en vosotros.” (8/3/41)
El mismo cariño que los desgarra porque
no pueden estar juntos es el que les entrega una confianza de enamorados
que los distingue del resto. El amor, para Miguel Hernández, parece
al mismo tiempo dulce y terrible: es tal vez la condena que obliga a ser
fuerte y mejor. Los distingue en tiempos difíciles dándoles
una clara razón para seguir, una preocupación más
allá de ellos mismos. Vemos a Miguel Hernández aconsejándole
a su mujer que se cuide y se abrigue mientras él pelea por mejorarse
de una y otra fiebre en la mitad de una cárcel. “Esto pasará
pronto”, le escribe ya casi al final de su vida, mientras se daba ánimos
pensando en el día en que se casaría con ella por la Iglesia.
“El tiempo mejor, como fatalmente ha de venir
alguna vez, se acerca fatalmente”: eso no se dice así nada más.
No cualquiera une la idea de fatalidad con la esperanza de mejores días.
Miguel Hernández creyó siempre en esos mejores tiempos, se
prometió al prometérselo a ella que todo pasaría,
sin embargo, su voz tiene tono trágico, las suyas son palabras de
hombre entregado a su destino y por momentos convencido del oscuro desenlace.
Se acerca inevitablemente, fatalmente, desde el escaso poder de un hombre
pobre en mitad del caos de España y del mundo.
No es fácil hablar de Miguel Henríquez
como poeta, o al menos como se habla de otros poetas. Murió joven
y en circunstancias lamentables: dejó su leyenda como legado y es
difícil desprenderse de ella. Sus años y su tiempo envuelven
cada obra, todo se lee con excesiva atención, adivinando premoniciones
y penas. En ningún momento tuvo la paz y la oportunidad de llevar
a cabo su proyecto artístico, no tuvo tiempo_ como sí tuvo
Lorca, la víctima más simbólica y sentida de la Guerra
Civil_ de vivir en una época que todavía le permitiera el
lujo calmado que a veces es el arte. Sus versos vienen del dolor y muy
seguido nos llevan a ese dolor, nos hunden en él, con armas que
muchos consideran excesivamente dramáticas. Siempre pasa. Hablar
del amor, de la muerte, parece que ahoga, al poeta y a quien lo oye, es
demasiado. Los versos de Hernández tienen, es verdad, un gusto a
tremendo, tal vez es mejor leerlos con en la mente los tiempos y la vida
que los produjo: con eso debería bastar. Para quien quiera estudiar
su obra desde un punto de vista más estricto y literario, quedémonos
con las palabras de Gerald E. Brown: “Quince años después
de La Deshumanización del Arte de Ortega, el círculo ha vuelto
a cerrarse. En la poesía de Hernández, el “interés
humano” que Ortega había declarado incompatible con el valor estético,
y cuya desaparición había profetizado, vuelve a ser el centro
del arte poética.” (189)
Terminemos con la voz:
No, no hay cárcel para el hombre.
No podrán atarme, no.
Este mundo de cadenas
me es pequeño y exterior.
¿Quién encierra una sonrisa?
¿Quién amuralla una voz?
A lo lejos tú, más sola
que la muerte, la una y yo.
A lo lejos tú, sintiendo
en tus brazos donde late
la libertad de los dos
Libre soy, siénteme libre
sólo por amor.
(102)
Bibliografía
Alpert, Michael. El Ejército Republicano en la Guerra Civil.
Barcelona: Ibérica, 1977.
Brown, Gerald. Historia de la Literatura Española (Desde el 98
a la Guerra Civil). Barcelona: Ariel, 1985.
Hernández, Miguel. Cartas a Josefina. Madrid: Alianza Tres, 1988.
Romero, Elvio. “Prólogo”. Cancionero y Romancero de Ausencias.
Buenos Aires: Lautaro, 1958.
Daniela Goñi
e-mail agoni@entelchile.net
Licenciada en Literatura y Linguistica Francesa
Estudiante de Magister en Literatura Hispanoamericana
Universidad Católica
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